CERRITO LOS MORREÑOS: LA ISLA DONDE SE DETUVO EL TIEMPO

La única forma de llegar a Cerrito de los Morreños es en canoas a motor. Aquellas salen desde el Varadero de las Fragatas, en el sur de Guayaquil. A través del Salado.

En este lugar los centros comerciales son sólo un sueño, el entretenimiento de sus habitantes es sentarse en el muelle a observar la llegada de los botes. No hay restaurantes ni supermercados, pero si unas cuantas tiendas que se abastecen de lo que traen las embarcaciones. Tampoco hay sembríos, sus tierras son infértiles, por lo que las frutas y vegetales deben atravesar la desembocadura para reposar en sus mesas.  

La única forma de llegar a Cerrito de los Morreños es en canoas a motor. Aquellas salen desde el Varadero de las Fragatas, en el sur de Guayaquil. A través del Salado, emprenden un viaje de 45 minutos o más, todo depende de las veces en que tengan que detenerla la embarcación por basura que se introduce en la máquina. Quienes las navegan no llevan consigo un mapa o un GPS, diferencian perfectamente el recorrido entre manglares que para los extraños, lucen todos iguales. El trayecto es peligroso; se cruza una que otra lancha con algunos tripulantes cubiertos por pasamontañas. Los morreños advirtieron de posibles piratas. El nombre de esta localidad nace como tributo a sus primeros pobladores, quienes eran originarios de Puerto El Morro, una parroquia a 70 km de Guayaquil. Durante el viaje, el único paisaje son manglares.

Media hora antes de llegar al destino, sobre una de las elevaciones se divisan bóvedas en ruinas, vacías. Era allí en donde enterraban a sus muertos tiempo atrás. Pero luego del robo de un cadáver, las familias de los difuntos decidieron trasladarlos hacia un nuevo camposanto, pero esta vez, a pocos metros de sus hogares. Se dice que fueron estudiantes de medicina quienes hurtaron los restos. Pero en sospechas quedó el caso, pues las autoridades nunca lo descubrieron. 

Al pasar la hora y con la inquietud por divisar tierra firme, a lo lejos se distinguen casas de colores haciendo equilibro sobre pilares delgados que desaparecen en el agua. El muelle es una estructura de concreto con techo azul y bancas largas, cortesía del Municipio de Guayaquil. En ellas cinco hombres esperan la llegada de los navíos, ayudan a los pasajeros a levantarse y a descargar el alimento enviado desde la ciudad. Un letrero con el nombre de la comuna da la bienvenida, junto con un vendedor de huevos cocinados y sandía en tajadas. La base de su estructura económica está formada por los llamados cangrejeros de oficio y por los pescadores, quienes llevan su producto hasta el Mercado de la Caraguay para su comercialización.

Un cerro surge del centro de la isla. Las viviendas yacen a su alrededor. Es un poblado que se puede recorrer y conocer completo en una caminata de menos de dos horas por calles sin pavimentar. Allí no existen procesos legales para obtener o vender terrenos o casas, basta con acercarse al dirigente de la comuna, indicarle el sector en donde se aspira construir, y llegar a un acuerdo verbal. El lugar es seguro, según los residentes. Es tan pequeño y aislado que la delincuencia es improbable. No hay en donde esconderse, ni para donde huir.

En el camino se encuentran pequeñas construcciones de cemento con tres llaves de agua potable para consumo de los habitantes. Es llamativo observar que varias abejas cuelgan del pico de estas como bebiendo los restos que gotean, los pobladores especulan que podría ser por el dulce del fluido, pues los insectos están subsistiendo en medio de agua salada, y no hallan otra fuente de hidratación. El suelo polvoso se interrumpe por mangueras largas y gruesas de color negro, aquellas transportan el líquido salobre de uso doméstico a donde se lo necesite. Para los niños parece un juego, las arrastran hasta sus moradas entre risas y esfuerzo.

Sobre Don Goyo Quimí se habla mucho. Fue un morador que defendía los manglares de la tala y los leñadores, se opuso a cualquier práctica que atentara contra el medio ambiente del sitio. Dicen también, que realizaba pactos con el diablo, para así conseguir sus objetivos. Aquella es una historia que los habitantes cuentan muy tímidamente, pero recomiendan el libro de Demetrio Aguilera Malta, escritor guayaquileño que relató en un ejemplar llamado como el personaje principal, las hazañas de Quimí y la vida pesquera en la comuna. La isla fue inspiración también para el mediometraje “Los mangles se van” que expone la vida de los pobladores en torno al manglar.

En la punta del cerro que se aloja en medio del poblado, se ubica un pequeño mirador construido con caña, que resalta como la única estructura en la cima. Aquella fue construida por alemanes en un intento por ayudar a embellecer el sector. Aportaron también con un cyber que ahora, es tan solo un cementerio de computadoras viejas. El Gobierno anterior levantó una escuela del milenio, pero esta es la única en el sector.

También cuentan con iglesia católica, sin embargo, la misa se celebra solo una vez al año debido a la distancia que debe recorrer el sacerdote.

La electricidad funciona a medias. La obtienen de una planta de energía que se enciende desde las 17h00 hasta las 00h00. A pesar de que la empresa privada contribuyó con pequeños paneles solares para el exterior de casi todas las viviendas, han pasado los años y aquellos se han deteriorado, ahora los usan únicamente para cargar celulares. La señal telefónica es débil. El internet es un mito. Cerrito de los Morreños es tierra virgen, en donde las preocupaciones y el ajetreo moderno no existen. Es un lugar en el que el reloj se detuvo hace ya varias décadas.

Por: Ilse Herrera

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